Pasado perfecto, interesante novela negra cubana

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Intento ponerme al día con el resumen de libros ya leídos, pero no comentados. Y lo hago con una nueva novela negra, pero muy diferente a las que he leído últimamente. El título es significativo: Pasado perfecto. El autor es Leonardo Padura. Lo primero que hay que decir es que hablamos de una novela negra ambientada en Cuba. No pretende ser crítica con el régimen. Pero la descripción del día a día de un policía en Cuba no deja en muy buen lugar a una estructura enquilosada en la burocracia más absurda como es la del comunismo cubano, donde nada puede ser preguntado sin el permiso del sindicato o del jefe del partido en el barrio, por poner sólo un ejemplo.

El investigador se llama Mario Conde y no es banquero sino policía, aunque en realidad le gustaría ser escritor. El caso trata de la desaparición de un brillante miembro del Partido Comunista Cubano y, al mismo tiempo, marido de un antiguo amor de Mario Conde, lo que colocará al policía en una complicada situación personal y en un claro conflicto de intereses. Y el título, Pasado perfecto, señala lo que todos dicen del desaparecido: no sólo es un tipo brillante sino que su trabajo siempre ha rozado la perfección. Nadie duda de él, lo que incomoda y mucho a Mario Conde.

No vamos a contar mucho más. Hacerlo sería destripar la novela. Pero sí apuntamos dos detalles: el libro incluye localismos -palabras típicamente cubanas-, pero se puede leer más o menos bien por un lector medio español. Y la escritura es muy clásica, con frases largas y bien desarrolladas. Libro, por tanto, recomendable y que es el primero de una serie de ocho novelas con Mario Conde como protagonista.

Así ven la novela Cuervos y palomas

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Escribir sobre lo escrito por uno mismo resulta un ejercicio de egocentrismo y/o de miopía, puesto que nadie es capaz de analizar su propia prosa con la clarivendia con la que se puede estudiar la del prójimo. Por eso mismo resulta tan digno de agradecer el esfuerzo de Libros de Ruta por ofrecer una crítica completa de mi primera novela. A continuación, el texto completo:

Cuervos y palomas se construye sobre la complejidad del absoluto protagonista de la historia: Marco Klein. El hombre de los silencios, del tormento interior. La criatura incapaz de purgar sus propios pecados: los deportivos, que sólo se pueden inferir; y también los personales, claros ante la vista del lector. Un chiquillo que arrastra aún un cuarto de siglo el dolor ante el rechazo a uno de sus familiares; veinte años sin poder calzar en orden las cuatro piezas de su corazón; o, al menos, dos horas y diez minutos sólo para escapar de cada uno de sus problemas. Un rubio andaluz, de mil acentos.

El mundo de Klein es la rueda sobre la que gira el debut de un periodista reconocido por su trayectoria en el ciclismo, el torrentí Jorge Quintana (1976), que demuestra hechuras de sobra para la novela políciaca y un puñado de recursos para retener al lector en determinados momentos. Lo hace sobre todo en dos tramos: una sección de veinte páginas, las que doblan el lomo por la mitad, en las que la voz del doctor Laureano Ríos es el vademécum anti-cuñados sobre el dopaje en el ciclismo y en todos los deportes; y las últimas setenta, que sin romper en un cierre ’a la americana’, dejan al lector con cierta pena por saber cómo acaban los personajes, a los que acaba cogiendo cariño.

Atrapa en Cuervos y palomas la telaraña maléfica de Ríos, mentiroso compulsivo al que las fórmulas maravillosas que infunde por igual a deportistas y abueletes parecen haberle sorbido la materia gris. Lo hace la subinspectora Magda Ramírez, el espíritu más puro de la historia, con temperamento e ingenuidad en dosis iguales pero con bondad ante todo. Y el viaje por la Península de los dos polícias nos propone arquetipos muy de la ‘España del desastre’: el Master ProTour que decidió vivir por encima de su ritmo de vida y que sólo al final camufla un poco su estupidez (El Tuerto); el policía de barriga incipiente en busca de medallas (Vicente Garrido); o las mujeres -Sainz de Esnaola; la ignota y pálida mujer de cabello azabache; o la rusa con niño- que clavan sus espinas en el estómago del inspector. Se habla de dopaje y de la situación del deporte, antes y ahora, pero como insistimos, el libro es mucho más.

Quien lea esta novela desde un entorno ciclista especializado encontrará simpáticas referencias a lugares comunes del mundillo o nombres que le recordarán al pelotón de los ’90, los ‘2000 o incluso algún que otro exótico español en activo (¡qué dificil es, en efecto, construir un universo nuevo!). Pero aunque llegará por la fama de Quintana, se quedará más satisfecho por un conjunto más cercano a lo negro que a lo deportivo. Quintana cita entre sus referencias a Lorenzo Silva y a Alicia Giménez Bartlett; las alusiones al primero son poco esquivas en el arranque, pero el estilo más genuino del autor se va haciendo hueco.

Es una novela apetecible, traspasa el cajón de la literatura ciclista e incluso hubiese merecido no ser autoeditada. Los que la hemos disfrutado ya esperamos su secuela -oprecuela, pues tantos cabos sueltos quedan por detrás como por delante-. Y si les parece estar leyendo una copia de las noticias de los últimos años, recuerden la cita que abre el libro: “(…) No escriba más que ficción. El resto sólo le traerá problemas