La lluvia, la melancolía y la infancia

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La lluvia y los domingos por la tarde luchan de igual a igual en la generación de melancolía. Y si la lluvia llega un domingo por la tarde… resulta evidente que es imposible no mirar hacia el pasado.

En Valencia es tan extraordinario vivir un día de lluvia que nadie tiene a mano el paraguas. Algunos, los previsores y organizados, lo buscan con calma y paciencia en algún rincón de un armario poco frecuentado. Y salen a la calle sabedores de que no se van a mojar, pero sin una sonrisa en la cara, puesto que maldicen la molestia de la lluvia. Otros, los caóticos, preferimos salir a la calle sin paraguas… y sentir las gotas sobre nuestras cabezas.

paraguas_lluvia_flicker_claudio_nunez_020413_0Foto: Claudio Nunez

Porque la lluvia conecta nuestro cerebro con los recuerdos y, sobre todo, con la infancia, con esos 800 metros desde el colegio hasta la casa. ¿Cuántos días se hizo el camino con lluvia? No muchos, pero se recuerdan casi todos. Se recuerda, por ejemplo, por qué era mejor bajar por el lado izquierdo que por el derecho de la calle, puesto que al llegar a la torre había más balcones y muchísima más protección…

torre-torrent-crida-2010Foto: Vivelasfallas.es

Se recuerda, por ejemplo, la eterna duda sobre la conveniencia o no de correr. Andando se tarda más, pero corriendo crece la sensación de estar empapándose por culpa del agua. Se recuerda, por ejemplo, el debate sobre si había que arrimarse mucho a la pared. Es obvio que los balcones ofrecen protección, pero también hay un peligro: si hay mala suerte, un canalón de un tejado puede mojarte más en un segundo que cualquier lluvia.

Y se recuerda el olor especial que deja la lluvia cuando cesa y empieza a secarse: el asfalto, los coches y, sobre todo, los pinos evaporan las gotas de agua dejando un aroma inolvidable.

Pero por encima de todo lo demás se recuerda la pregunta de la madre al llegar a  casa: ¿te has mojado mucho? Y la respuesta automática que no salía de tus labios: visita al cuarto de baño para secar el pelo… Ese sí que era el segundo mágico del día, sentir la protección de unas manos que se metían entre tu pelo y que penetraban también en tu cabeza diciendo invisiblemente que velaban por ti. Esa es la infancia que ahora debemos construir para otros.