Cuatro amigos, de David Trueba

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Recuperamos la costumbre de comentar libros. Y volvemos con un autor del que ya habíamos hablado en el pasado: David Trueba (sí, el cineasta también escribe novelas más que apreciables). Si hace unas semanas hablamos de “Saber perder”, ahora es el turno de una novela anterior desde un punto de vista cronológico: “Cuatro amigos”.

cuatro-amigos1[1]Este libro parte de una premisa básica: el deseo de no dejar de ser joven. Ese es el motor que mueve a cuatro amigos a iniciar unas vacaciones que se presumen idílicas y que son confeccionadas con una única premisa: nada de mujeres. Es un viaje sólo por y para ellos. La realidad es completamente diferente desde el primer minuto. Los cuatro personajes están de vacaciones intentando mantenerse en la eterna adolescencia y compitiendo por momentos en su estupidez, con fragmentos propios de American Pie. Pero la realidad en la visión del mundo de David Trueba es habitualmente melancólica. Sólo hay que fijarse en el mote del protagonista, Solo, quien decide coronar sus vacaciones de amigos viajando a ver cómo su antigua novia, Bárbara, va a casarse con un político. No es la única presencia de mujeres. Otro de los amigos está casado y es padre de dos niños. Otro vive atormentado por sus kilos de más y su incapacidad para ligar. Y el último vive de relación en relación sin conseguir nada estable. Ese es el cuadro de amigos en una novela que es inferior en forma y fondo a “Saber perder”, pero que se deja leer y que permite la reflexión final que se esconde detrás de casi toda historia de amor imposible: el prado del vecino siempre parece más verde. Por eso mismo los cuatro personajes creen que los demás son más felices que ellos… pero en realidad es sólo eso: una ilusión.

David de la Cruz, el triunfo de una buena persona

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El tribunal de justicia más antiguo de España y probablemente de Europa es el conocido como Tribunal de las Aguas de Valencia. Este órgano jurídico tiene más de 800 años de historia -algunos incluso hablan de más de 1.000 años- y viene recogido en la propia Constitución Española. Para ser miembro del tribunal se necesita del voto de los demás regantes. Y no se requiere de ningún conocimiento jurídico especial. Es decir, los jueces necesitan el apoyo de los demás labradores, ser a su vez labrador y lo más importante… “ser un hombre bueno”. Si uno no es buena persona, no puede ser juez. Esa simple fórmula ha funcionado en el Tribunal de las Aguas durante siglos y más siglos sin que jamás haya existido casos de corrupción o desprestigio. Así que por lo visto, aún es posible encontrar hombres buenos en nuestra sociedad.

el-tribunal-en-2006Viene esto a cuento del ciclista David de La Cruz. Ayer por la noche, con demasiadas horas de sueño acumuladas, me resisití a irme a dormir por ver la etapa reina de la Vuelta a California en cuanto comprobé vía twitter quién figuraba entre los escapados del día. En esa jornada, el catalán David de la Cruz acabó segundo y subió hasta la décima posición en la general final. Y uno no puede dejar de alegrarse de ese resultado porque es el triunfo de una buena persona.

Por razones profesionales, he tenido la oportunidad de conocer a centenares de deportistas (especialmente ciclistas). Son muchos los que me han sorprendido agradablemente y también los hay que me han decepcionado. Así es la vida. Entre los primeros, hay un hueco especial para David de la Cruz. El corredor de NetApp-Endura es un ciclista de un talento innegable al que hasta ahora, por lesiones y mala suerte, no hemos podido disfrutar. Su quinto puesto en la general de la Vuelta a Portugal de 2012 no hizo sino apuntarlo. Y estoy seguro de que este segundo puesto es el golpe que David de la Cruz necesitaba para olvidarse de los problemas y ganar en su único punto débil: la confianza. Pero no soy un fan de David por su talento ni por sus resultados deportivos. Es posible que haya ciclistas con más talento y sin duda alguna los hay con mejores resultados deportivos.

delacruzTampoco nuestra relación personal ha sido siempre fácil. El año pasado estuvimos casi toda la temporada discutiendo sobre la vida y el ciclismo. Cada uno tenía un punto de vista muy diferente. Pero al final creo que ese debate acabó siendo enriquecedor para ambos. Y David de la Cruz acabó mostrando la mejor de sus caras: la humildad. Es seguro que David no es labrador ni sería votado por los regantes de ninguna de las acequias que conforman el Tribunal de las Aguas de Valencia. Pero sí cumpliría y de sobra el tercer requisito para ser miembro del tribunal más antiguo de España y posiblemente de Europa: ser buena persona. Por eso, cuando acaba segundo en la etapa reina de California y poco antes de meterse en la cama a dormir, tiene tiempo para mirar a su alrededor y dar las gracias a los auxiliares de su equipo por estar trabajando para ellos a las 10.30 de la noche. Y para demostrarlo subió esta foto a su facebook.

AUXILIARESDespués de vivir y convivir con tantos deportistas de elite que viven en su particular burbuja -en esa lista incluiríamos muchos futbolistas y bastantes menos ciclistas-, resulta reconfortante ver que todavía hay personas y especialmente personas jóvenes que no piensan que el mundo gira siempre a su alrededor. Esa es una de las grandezas de David de la Cruz y eso vale mucho más que ganar o perder una etapa en una vuelta de una semana. Eso sí, pensando en lo deportivo, lo mejor de ayer, sin embargo, es lo que habitualmente pienso cada vez que veo a De la Cruz: “Y lo mejor de todo es que esto no ha hecho más que empezar”.

Saber perder, la melancólica visión de David Trueba

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La primera dificultad a la hora de hablar de este libro parte con la definición de David Trueba. ¿Decimos que es director de cine? ¿Decimos que es guionista? ¿Decimos que es escritor? En realidad, podemos decir las tres cosas y no nos equivocamos porque además las tres se dejan sentir en la novela Saber perder, un libro que al parecer Pep Guardiola regaló a Leo Messi y que no tengo ninguna duda de que jamás fue leído.

SABER PERDERSaber perder es una novela con cuatro personajes que se enfrentan a un mundo que cambia y que lo hacen sabedores de que su destino es la derrota. Por un lado, tenemos a Sylvia, un joven adolescente, de sólo 16 años, que acaba enamorándose de un futbolista argentino, con el que vive un amor con fecha de caducidad. Por otro lado, tenemos a ese futbolista recién llegado a Madrid, que vive en el caprichoso mundo de los millonarios, pero también de los hombres tratados como mercancías. También él se siente fuera de lugar. Además, la novela nos ofrece la visión del padre de Sylvia, Lorenzo, quien se ha visto abandonado por su mujer, sin futuro laboral y sin ambición para buscar nuevas oportunidades. El ciclo queda completado con el abuelo, Leandro, quien calma con prostitutas el dolor del final de su mujer. Posiblemente es el personaje peor perfilado del cuarteto.

DAVID TRUEBALa novela está escrita con un estilo muy particular en el que se mezclan estilo directo, indirecto, preguntas y respuestas… sin guiones, sin separaciones y sin cumplir ninguna de las normas lingüísticas. Sin embargo, funciona, pues permite dar velocidad a una historia que en el fondo parte de una premisa muy ambiciosa y complicada: ¡hacer disfrutar al lector con la historia de cuatro perdedores! Y lo cierto es que lo consigue, aunque a costa de dejar un profundo poso melancólico. Uno se pasa toda la novela deseando que los protagonistas tengan un golpe de suerte y cambie su vida… pero la visión de Trueba no sólo es melancólica sino también realista: en la vida real no hay personas a las que les toca la lotería. Eso sólo ocurre con Fabra. Los demás deben conformarse con poder sonreír al menos un par de veces cada día. Suele ser más que suficiente.