La mujer sin nombre

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Llegó puntual a la cita. Y empezó a mirar el reloj con desesperación. No esperó mucho. Decidió irse. Por fin iba a ser libre, pensaba. Un fuerte golpe le despertó:

-¿Dónde vas? -le preguntó sin saludar.

-Habían pasado diez minutos y como no… -balbuceó él.

-¿Diez? Te he observado. Has llegado con la hora justa y has mirado el reloj mil veces. No tenías mucho interés en la cita. ¡Reconócelo!

No contestó. Bajó la cabeza. No encontraba las palabras. Era algo que últimamente le sucedía con frecuencia. A ella no le sucedía lo mismo:

-Vamos. Ha llegado el momento.

El volvió a mirar al suelo. Pero al menos sí lanzó una pregunta:

-¿Dónde?

Ella sonrió. Era la primera vez que lo hacía. Una maldad había cruzado su mente. No quiso desvelar el secreto. La mujer sin nombre se limitó a responder:

-Es mejor que no lo sepas.