Los placeres de escribir una novela (o simplemente de vivir)

Estándar

Con la novela Cuervos y palomas publicada y con una segunda parte ya casi acabada, me apetece detenerme a contar a mis amigos y sufridos lectores los motivos por los que uno se decide a perder -tal vez sería mejor usar el verbo invertir- unas cuantas horas de su vida escribiendo una novela.

Podría usar muchos y muy variados argumentos, pero desde luego no sirve el económico, puesto que el que quiera ganar dinero escribiendo en España sólo tiene una opción rentable: preparar los guiones de Gran Hermano VIP, que es lo que de verdad tiene tirón. Así que debe haber otro tipo de beneficio muy alejado del crematístico. Tampoco mi personalidad -demasiado introvertida- me lleva a encontrar el placer en la parte mediática de la publicación de una novela, lo que no quita que sienta un profundo agradecimiento hacia todos y cada uno de aquellos que me han apoyado en el difícil camino de la promoción, con una simple foto en facebook o con el boca a boca, que son métodos que dan el mejor rendimiento posible y seguro que mucho mejor de lo que sus autores imaginan. Por cierto, en el camino de la divulgación de mi novela, hoy toca agradecer al periodista Nacho Labarga su detalle de incluir el libro en los recomendados dentro de la revista Marca Plus.

MARCA PLUSPero el verdadero sentido por el que uno escribe es otro muy distinto. Escribo y, sobre todo, escribo novelas porque me gusta. Tal vez la explicación suene estúpida, infantil o simplista. Pero sorprende ver la cantidad de tareas que hacemos al cabo del día y con las que no sentimos ningún tipo de placer, incluso muchas de ellas nos hacen sentirnos mal.

Para empezar, uno debe asumir que el hecho de sentarse a escribir una novela es un gesto de egoísmo y egocentrismo, puesto que escribir resulta inevitablemente una actividad solitaria, un proceso que, además, va a hacer que el mundo gire a tu alrededor durante semanas, meses y tal vez años robando horas a la familia y al mundo exterior, puesto que tienes un nuevo mundo en el que fijar toda tu atención.

Pero si uno es capaz de limitar ese efecto secundario, es sólo cuestión de dejarse ir y disfrutar. Hoy en día está muy extendido el mito del autor maldito. Es decir, históricamente se ha hablado mucho de la frustración del escritor, ese ser desesperado que se arranca los pelos de la cabeza para intentar llenar un folio y que al final del día acaba rompiéndolo en mil pedazos porque no está satisfecho con el resultado. Sí, es cierto y puede funcionarle a algunas personas. Son las mismas que se dedican a la arquitectura discutiendo todo el día con los folios en blanco y las pantallas del ordenador, son las mismas que se dedican al derecho y se pasan toda la vida despotricando de sus clientes… Es más, incluso pueden ser auténticas figuras de su especialidad. En lo que no serán nunca un ejemplo es en algo mucho más importante: ¡aprovechar la vida!

Por eso mismo, la satisfacción de haber sacado a la calle Cuervos y Palomas es grande. Pero todavía lo fue más el proceso creativo de inventarles una personalidad, de crear un mundo para ellos y de convertirlos en seres contradictorios, es decir, seres humanos, porque así somos todos… en mayor o menor medida, seres que nos pasamos la vida deseando cumplir sueños por los que nunca nos atrevemos a soñar. En mi caso y pensando en la literatura, tengo la satisfacción de haber cumplido ese sueño. Será, tal vez, porque nunca he olvidado una frase de Orson Welles en Ciudadano Kane: «Hay dos tipos de personas: las que consiguen lo que quieren y las que no se atreven a conseguir lo que quieren».