El Cholo Simeone (por una vez) no estuvo a la altura de Lisboa

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En España la prensa deportiva funciona como en ningún otro país: sólo se piensa en filias y en fobias. Si mi amigo comete un fallo garrafal -Iker Casillas-, digo que es por culpa de que ha jugado poco. Si el del error es Diego López, digo que se tiene que ir de España. O al revés, lo mismo me da. Y exactamente de igual forma se funciona con los entrenadores, con el eco añadido de que todo el mundo espera a ver el resultado. El Madrid gana la Décima y Ancelotti es el pacificador, el hombre de la suerte… Si el Madrid no gana la Décima -y todo dependió de ese corner final-, Ancelotti es un vago y debe ser despedido. Así que nos movemos entre las filias y las fobias y el resultadismo, que siempre viene bien aquello de yo ya lo dije. Un caso bien evidente es el del Cholo Simeone.

SIMEONEEl entrenador del Atlético de Madrid tiene un mérito indiscutible. Sólo un estúpido puede criticar su labor al frente del Atlético. Ha sabido armar un conjunto rocoso, que sabe muy bien a qué juega y cómo debe jugar con las armas que tiene. El año pasado ya dio un serio aviso al rondar las primeras posiciones de la Liga durante gran parte del año y ganar la final de la Copa del Rey al Real Madrid. Pero este año el salto de calidad en el rendimiento ha sido todavía más espectacular, puesto que ganó la Liga con todo merecimiento a Barcelona y Real Madrid y acarició la victoria en la final de la Champions. Y todo ello con un presupuesto muy inferior al resto de grandes transatlánticos europeos -Madrid, Bayern, Chelsea, Barcelona…-.

De todos modos, no es lógico que cuando el Cholo Simeone entra en la sala de prensa, la reacción de los periodistas sea la de aplaudirle. Yo lo siento pero no parece una actitud muy profesional. Los periodistas están para preguntar y analizar lo que ven en el campo y no para rendir pleitesía a nadie, pero en este país ya sólo funciona el periodistas-hincha. Dicho lo cual, el único día de todo el año en que Simeone no mereció ningún aplauso fue ayer. Vamos por partes:

-Diego COSTA. El entrenador ha dicho que la decisión de saltar al campo fue suya y no del jugador. Tal vez lo haga para quitar presión al futbolista. Nadie lo puede saber. Pero la realidad es que por segunda semana consecutiva el futbolista y el entrenador cometen el mismo error. Y eso ya no es mala suerte. Es un error de bulto. Si Diego Costa se retira en el minuto 8 y deja al equipo sin un cambio que hubiera sido fundamental en la prórroga es porque no han querido forzar en el calentamiento y porque no han querido analizar con frialdad la situación real en la que se encontraba el delantero. Todo el espectáculo de la Doctora Milagro y la placenta de potro al final no ha sido sino un circo y lo lógico sería empezar pidiendo disculpas a los servicios médicos del club y reconocer que se ha metido la pata. Pero el problema añadido es que ya había pasado lo mismo en Barcelona, así que llueve sobre mojado y es algo que no merece ningún aplauso.

-ENCERRADOS. El Atlético de Madrid se convirtió en la segunda parte en la versión más parecida que hemos visto durante todo el año del Levante en casi todos los partidos de Liga y del Chelsea de Mourinho en los partidos grandes, encerrado dentro del área, sin capacidad para sacar el balón jugado ni para lanzar un mísero contraataque con el que ganar tiempo y meter algo de miedo al rival. Lo cierto es que el fútbol es caprichoso y el empate llegó en el minuto 93. Pero lo extraño es que no hubiera llegado antes. Convertir toda la segunda parte -y especialmente la última media hora- en una defensa en 20 metros no parece la mejor táctica. Tampoco esa planificación parece merecer el aplauso.

-Un defensa COJO. Hace muchos años, cuando en el fútbol no había cambios, cada vez que un jugador se lesionaba, el futbolista era enviado a la delantera. Así acabó acuñándose el término del gol del cojo. Pero es que resulta obvio que un cojo jugando de delantero tal vez no marca ningún gol, pero seguro que no comete ningún error que te cuesta el partido. Y algo tan evidente no supo gestionarlo Cholo Simeone. Durante toda la segunda parte y sobre todo en la prórroga, el Real Madrid cargó el futbol por su lado izquierdo, con Marcelo y Di María. Pronto se vio que Juanfran estaba cojo. Y el Madrid insistió todavía más hasta el punto de que Bale apenas tuvo opciones de jugarse un uno contra uno en su lado. ¿Cuál fue la reacción de Simeone? Ninguna. Intentó poner a un hombre de refresco para ayudar a Juanfran. Pero seguían siendo dos contra uno más un cojo. Si se mira bien, el segundo, el tercero y el cuarto gol (el penalti) llegan por esa banda. De verdad, ¿no hubiera sido mejor sacar un jugador de regresco para el lateral derecho? ¿O incluso meter un centrocampista en esa posición de la defensa y subir a Juanfran a un lugar menos comprometido? Con Marcelo fresco e inspirado, pronto se vio que estaba fino en el pase, no puedes empeñarte en defenderle con un jugador que apenas puede dar un paso. Tampoco esa falta de visión de partido merece ningún aplauso.

-Las PROTESTAS. En un partido de mucha tensión como es la final de la Copa del Rey, siempre hay detalles feos. Pero Simeone acaparó varios de ellos y fue expulsado. Sin embargo, el más preocupante de todos es cuando en mitad de la prórroga se fue a protestar al árbitro en mitad del tiempo recriminándole que había añadido cinco minutos (el gol del empate llegó antes del tercero). Dejando a un lado la decisión arbitral, no es lógica la actitud de un Simeone que a esas alturas ya estaba fuera del partido. En lugar de pensar en su equipo y en qué soluciones podía darle al partido, el entrenador colchonero estaba obsesionado con un arbitraje que en líneas generales no afectó al resultado. Ese estado de nervios reflejó que no siempre la ansiedad es buena y no parece que transmitiera nada positivo a sus futbolistas. Si el que debe estar más tranquilo… es el que más protesta, la solución no puede ser el aplauso en la sala de prensa.

El resumen evidente es que Simeone no tuvo su mejor día. Y no estuvo a la altura de la final de la Champions. Pero eso no significa que no haya hecho un gran trabajo en el Atlético de Madrid y que no deba seguir siendo el líder del proyecto. Significa simplemente que es humano y se equivoca, aunque para algunos periodistas también equivocándose merezca los aplausos. Eso sí que es un error porque desde los aplausos no se crece como entrenador. Se crece desde la crítica y la autocrítica. Ayer Simeone falló. Y la grandeza del deporte es que la vida le volverá a dar oportunidades para recuperar la sonrisa y para, entonces sí, ganarse el aplauso.

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